viernes, 2 de enero de 2009

Poema vii

No quiero un beso tuyo más,
aunque no me hagan ningún mal,
sino al contrario, una satisfacción
y un deseo de realización,
al cual no me puedo negar
por más que yo quiera.


Es la carne que llama
y la mente que evade.

Mi piel subordinada
a tu ley obedece
por el tacto innegable
del tesoro escondido.

Tu mirada de vampiro
roba mi voluntad
de negarme antes tus besos,
esos labios, orgien de mi pasión
que me dejan conocer el paraíso
con luna creciente y
oscuridad inmediata.

En silencio, tus besos llegan
con extrañeza, con prudencia,
con sigilo, con violencia,
con precisión e incertidumbre.
A pesar de tus besos
tan llenos de mi necesidad.
A pesar de eso y de todo,
aún así no los quiero
ni a ti, ni a tus besos,
aunque me den vida,
la cual había perdido
días previos a tu existencia
por alguien de astucia malévola.

No quiero tus besos,
llenos de naturales metáforas
y de pasión interna.

Tus besos, ay, tus besos,
grandiosos, magníficos,
dáselos a quién quieras
y a quiern quiera de tus besos
un tiempo corto probar.

No, ya te dije, no más de tus besos,
aunque por naturaleza quiera.

Sin embargo, una vez más,
no haría ningún mal,
sino al contrario, da felicidad,
pero luego del beso, cojes y te vas.

No te quiero aquí jamás,
ni a ti, ni a tus besos,
ay, tus besos, tan admirables
tan desesables, con pasión y vida,

sin sonreír, sin amor, sin paz,
porque algún familiar puede llegar,
y yo, como siempre, como hoy
me tendré que ir, solo, solo sin ti.

Y así no te veré más
a ti
y no tendré jamás
tus besos,
aunque me haga mal
(ahora)
sé que me hará bien
(siempre)

Tus besos, ay, tus besos.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Chupete con ají

Quizás usted no ha probado el peculiar y único sabor del chupete con ají, pero a continuación se lo describiré con el objetivo de lograr identificarlo, más que nada saborearlo sin probarlo, como creer en dios sin verlo.


Antes de empezar, explicaré el contexto en el cual surge esta inolvidable experiencia.


Antes de empezar, usted creerá que probar un chupete sumergido en ají, será de un sabor electrizante, pues tiene compuestos dulces y a la vez picantes. Es una sensación tentadora. Tan sólo de pensarlo ya dan ganas de tenerlo en posesión. Es inexplicablemente tentador, como ver a un niño con un globo y usted tiene una aguja en la mano. ¿no negará que será tentador reventarle el globo, y escuchar el explosivo sonido, y ver cómo las partes del globo se dispersan por diferentes partes? Pues sí, así de parecida es la sensación, antes de probarlo. Es más, uno cree ya tener el sabor en la boca, sin haber tocado nada. A usted, sinceramente se le volcarán los ojos de la excitación de pensar en comerlo.


Pero no sólo influye este factor físico del antes-de-probarlo, sino también el externo: el social. Todos a su alrededor, si es que no está solo, le gritarán que lo haga, mientras sonríen para ver su reacción, cómo su cara se estremecerá del dolor. Pero, tome en cuenta, que aún no lo ha probado, y aún así, ya sabe cuáles serán las posibles consecuencias. Lo más trágico de todo es que sabiendo “las posibles consecuencias”, aún así lo hará. Es trágico. Pero no importa. En ese momento de emociones y excitaciones no importa el futuro, sino el presente.

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Entonces, usted, lentamente sacará la lengua de su sensual boca, como si lo estuviera pensando dos veces en hacerlo, pero en realidad lo hará directamente. La diferencia está en que se hace usted el difícil, para que la gente que a su alrededor, si es que no está solo, le dé ánimos y griten más. De esa manera, usted se sentirá más seguro de lo que hará, sin importar el futuro, ni las consecuencias. Lo único de lo cual, aún no se puede estar seguro, es de si los individuos a su alrededor saben de las consecuencias. Es probable que sí, puesto que ellos mismos lo incitan a probar el extravagante y tentador chupete con ají.


Una vez que el ají (porque ni si quiera el chupete roza su lengua) frota su delicada lengua, sólo ahí se acordará que sólo las aves pueden soportar el ardiente sabor de los ajíes, puesto que no lo digieren. En cambio, los mamíferos (y no criaturas de dios) como usted y como yo, no tenemos esa capacidad. Por ende, sus ojos se cerrarán del dolor, tal vez, pero sí es seguro que se cierren. Y comenzará a ver con un amistoso odio a todos a su alrededor, si es que no está solo. Pero a pesar de haber descrito todos los efectos visuales durante la prueba del chupete con ají, aún no he mencionado los efectos psíquicos mentales, y las pertinentes imágenes que suceden durante, en la mente.


Como comprenderá, el líquido, es decir, el ají, es sinceramente picante, dependiendo de su concentración. Ojalá, tenga usted buena suerte que no sea el ají del gallinazo, porque sino le destrozará todo el viaducto hasta llegar al estómago. Con sólo decirle que es más fuerte que los ácidos que se encuentran ahí, por lo tanto, usted sufriría de una hemorragia interna incurable. Seguramente sin dudar, usted fallecería. Pero es probable, y tal vez casi seguro, que no se arrepienta de haber muerto saboreando el destructor, poderoso y sin duda matador chupete con ají del gallinazo. Pero en este caso particular, sólo se centrará en el ají común y corriente que le hace cosquillas a los hindúes y les hace sonreír a los mexicanos.


Se compara, por ejemplo, tal vez no sea pertinente, pero al menos cuando yo lo probé, se me vino a mí esta imagen (tomando en cuenta que los sabores ardientes se manifiestan de distintas maneras en la mente de cada uno, aunque debo admitir que me encantaría saber cuál es su experiencia):


Es como, cuando haberse peleado con su mejor amigo. Nunca pensó que ese momento llegaría, y peor aún que estarían rodeados de tanta gente, si es que no están solos. Primero, se había emocionado usted al planificar o improvisar esa burla hacia ése, su amigo. Pero al hacerlo, usted ve que él se aleja, porque esa broma no le gustó para nada o porque sencillamente en ese momento no se sentía bien, entonces lógicamente no se hablarán hasta que uno de los dos hable. Usted, en verdad, o tal vez, no pensó en esas consecuencias, porque no pensó dos veces en hacerlo, y si lo hizo, peor aún, porque realizó la broma. Pero me va a negar que ¿no es tentador ponerle el pie a alguien cuando va caminando por ahí sin ver a dónde va?¿no es tentador intentar ver por debajo de la falda a una chica que la usa muy algo?¿o me lo va a negar? Porque, si lo hace, no sé qué clase de individuo será usted. A lo mejor uno muy responsable y respetuoso. Pero lo invito a unirse al grupo que no piensa en las consecuencias y que realiza las cosas así como así. Pero tiene que tener en consideración que por lo menos será responsable de sus actos. Usted tiene que admitir que la culpa de que su amigo se haya enojado, no fue porque él exagerado y un resentido de lo último. (Tal vez, pero) ¡No! Usted tiene que admitir la culpa y por ende irse a disculpar donde su amigo por la broma que le hizo, por ejemplo, de sumergirle el chupete en ají. ¡Suerte la suya que no fue ají del gallinazo!


Más o menos, algo así, es la sensación de saborear el candente chupete con ají, aunque a primeras no se dé cuenta de las semejanzas. No se preocupe, yo sé que usted es un lector idiota y mediocre, que no sabe analizar y evaluar mientras va leyendo, sino que recién a la quinta leída, recién podrá descubrir una comparación ¡Y se sentirá muy inteligente! Pero no se preocupe. Para eso nacen los escritores, para explicarle a lectores ignorantes como usted, lo que la gente simple como usted no puede a simple vista ver.


Para comenzar, mientras está probando el ají, será un momento de disgusto físico, mientras pelearse con su mejor amigo será de melancolía psíquica. Y así sucederá hasta que no deje de probar el ají, es decir hasta que se acabe. Pero al terminarse este ají, se dará cuenta que sus ojos otra vez se han abierto con el objetivo de apreciar al máximo el eficiente y exitoso sabor del chupete, tan dulce como la vida misma. En otras palabras, seguramente usted le habrá pedido sinceras disculpas a su mejor amigo, y podrá otra vez saborear sin fin el verdadero valor de la amistad, tal como es: largo y duradero. Y así esta amistad se volverá, tal vez, más fuerte y las personas a su alrededor, si es que no está solo, celebrarán, sin duda, el hecho de haber probado ya el ají, porque vieron cómo su cuerpo entero, desde sus piernas, pasando por sus manos y brazos, hasta llegar al sensible rostro, se redoblaba del sorprendente sabor del chupete con ají, pero más que nada del ají, que para su suerte no era del gallinazo.


Pero si sigue probando el chupete con ají, es probable, que adentro se tope con otra capa, ligera o gruesa, de ají, pero no se sabe. Todo depende de que si usted cree esa capa de ají, que ojalá para su suerte, no sea del gallinazo.


Agregado: Aprecio al lector, y no lo considero ignorante. Pero es menester que descubra todas las inconsistencias que así se encuentran escondidas.


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martes, 14 de octubre de 2008

Poema v

Un día fallecerás,
y yo seguramente,
estaré ahí presente,
no por casualidad,
sino porque te busqué.


Te daré un beso
no en la boca
no, que del asco,
pero en la frente
donde rondarán
lombrices y gusanos
de tierra, de agua
y quién sabe, de aire.
Se alimentarán de amor
no, del mío, no,
por favor, que del asco
sino de aquel, del otro.
Y esos bichos,
también se morirán
por haber ingerido
tu piel, tu frente
tus ojos, tu boca.


Te daré un abrazo
y por primera vez
en toda la vida
al igual que el beso,
no me lo negarás
no porque quieras
porque evitarlo
jamás podrás,
como morir,
en este momento,
ahora
para siempre
como nunca.


Un día morirás,
y yo estaré ahí,
aplaudiré,
sonreiré,
feliz seré,
porque no tendré,
que, un día más,
amarte, otra vez,


por fin,
el día en que mueras.
seré feliz.
no, porque moriste
no
sino: dejaré
por fin,
de amarte
y por ende
de sufrir
como mártir.


sí, seré feliz,
el día en que mueras.
volarán aves negras,
anunciado la desgracia,
o más bien, la noticia
a mis oídos, más justicia
que la muerte
te ha llevado allá,
o tal vez aquí
donde sea que te lleve,
sólo sé que no te veré,
y sí, seré feliz.


Un día morirás,
y yo estaré ahí,
no para salvarte
sino ayudarte
no para salvarte,
sino matarte.

martes, 30 de septiembre de 2008

Poema iv


El muchacho en la ventana,

descifrando a quien más amaba,
entregaba su vida al alba,
o al ser de nombre, Ana.

El muchacho en la ventana
le dedicó los más grandes versos.

No tuvo sino una vida
para entregarla a sus manos.

Pero la maldita felicidad
es tan sólo unilateral,
por el amor y su causal
dirigióse, él, a la eternidad.

Ella, en su única razón
vio al muchacho en la ventana
gritando al cielo y viento: "Ana",
pero jamás le entregó su corazón.

¿Pobre de ella?¡Pobre de él!
que alguien lo ampare
que alguien lo abraze,
pero que no sea el suelo, eh.

Y en (ella) sus claros pies,
en la mañana de Febrero
un cuerpo varonil, triste cayó
en espera que de ella lo ame.

No hubo pena en (ella) su corazón,
porque el otro, su amor, hablóle,
"tranquila, eh, ya le llegó su muerte,
y no hubo quien lo detuviese"
cuando en sus pies el amor desangró.


Quizás ella se arrepintió,
pero el beso ajeno y extranjero
de quien sería su eterno amor,
la hizo olvidar por completo
del muchacho en la ventana,
que por siempre amó en un gueto
a la belleza encarnada, Ana.





martes, 9 de septiembre de 2008

Intridicción a "Poemas al amor no recíproco"


Y dios abrió la boca:


“Los ricos serán ricos

Y los pobres, explotados.”


Y Dios cerró la boca:

“Los pobres son humildes.

(Porque no cuestionan el poder,

Son brutos, sin educación,

Ni salud, ni alimentación.

Los ricos no deben darles

Privilegios algunos, porque

Su puesto se vería en peligro.

Mejor es callarlos con

Algún bono o regalo

Y se mantendrán callados.

Yo digo: ricos, no distribuyan

Sus bienes que sus antepasados

Les robaron a los demás

Para dar como herencia a vosotros.

Ustedes dirán como discurso:

Pueblo, vean el presente y

Olviden el tormentoso pasado

Por un beneficioso futuro.

Obviamente, ricos, repetirán

Lo que en el pasado hicieron.

Y los pobres seguirán siendo pobres

Sin darse cuenta, lo peor de todo.)

Y por ser humildes es que los amo.

(Su humildad no los deja pensar,

No los deja cuestionar el poder.

Eso no es más beneficioso, sino

A aquellos que mandan y ordenan,

Por ejemplo, reyes, jefes y presidentes.

Y le conviene a quien más poder

Sobres las demás bestias tenga:

Lo obvio de lo cierto: a mí.)

Y en consecuencia, no los abandonaré.

(Con esta afirmación

Que en verdad es mentira,

Ellos celebrarán una fiesta eterna

Con eternos obsequios hacia mí,

Que en verdad es mentira,

Porque son para ustedes, todo.

Mientras más lo repitan,

Su convencimiento crecerña

Hasta no más, sino explotar.

Los harán trabajar en extremo

Y lo que ellos obtengan,

Se los pedirán como ofrenda

Hacía mí, su Dios Todopoderoso

Que en verdad es mentira,

Porque son para ustedes, todo.

Y ellos, endeudados, trabajarán más

Para ofrecer más hacía mí

Que en verdad es mentira,

Porque son para ustedes, todo

Y así poder salvarse e ir al cielo,

El cual sabemos no existe.

Y ustedes serán mis predicadores.)

Y jamás los abandonaré.

(Si es lo primero que voy a hacer:

Si van a la guerra,

Que se mueran los pobres.

Los harán soldados,

Morirán todos, pero ustedes no.

Dirán como justificación mía:

Que los amo a todos, y observo,

Pero no participaré en nada,

Que yo, todo lo permito.

Como a nadie ellos cuestionan,

No verán que ya los abandoné.)

Y no olviden que los amo.”

(Ay, las cosas que uno

Tiene, obligado, que decir,

Para que otros idiotas a uno

Sin preguntar le crean.)


Y Dios cerró la boca,

Y se cruzó de brazos.

viernes, 10 de agosto de 2007

D3l Seu__U|o

El chico que estaba enamorado de quien aún no conocía, ni por nombre, ni por físico, pero que añoraba fuera pronto. Desde lo más último de su razonamiento, pensaba en momentos justos para ser compartidos, en lugares iluminados para ser poseídos; pero todo aquello desvanecía cuando recordaba que era del suelo. Y nunca nada salió de su mente y todo quedó en el universo de su imaginación, porque había algo o alguien, él no estaba seguro de recordarlo, que no le permitía a sus sueños volverse carne. Y hueso. Entonces prefirió seguir creando momentos y lugares para ser feliz, antes de recordar que era del suelo, como cuando creyó que detrás de un árbol, madera robusta y hojas bailarinas, existía una pintura de amarillo, anaranjado y rojo, con un círculo topando el horizonte del mundo, y de entre los colores salía a quién él más amaba. Y todo duraba lo mismo que oler un perfume el cual hace perder los sentidos. La pintura, después se mezclaba con el horizonte, y éste con el árbol, y todo volvíase gama de negros y un tanto de amarillo hasta ser de noche oscura sin estrellas, ni luna, ni nubes, ni nada; sólo noche oscura.

Hasta se hubo de dar cuenta que era él mismo quien destruía sus propios mundos así que decidió no recordar de dónde era; pero todo intento fue inútil, incluso en el final del razonamiento, como cuando juraba estar en un camino empiedrado y en los bordes flores de todos los colores existentes y por existir, amurallado por grandes y gigantescos árboles de todas las especies. Se encontraba en una intersección de cuatro y no sabía donde ir, porque daba igual, ninguna de las opciones parecía tener fin, cuando y de repente asomó a quién él más amaba bajo destellos de luces blancas marcas innumerables de estrellas con la luna menguante, tan brillante como no lo es, en su mano derecha; y con una sonrisa de labios rosados con dientes más blancos que el blanco movió y preguntó:

-¿De dónde eres?- sonó esa voz que hacía deleitar su oído, como creyendo alguna sinfonía, imaginando ángeles y su coro, que todo esto quedaba enterrado bajo la tierra en comparación a aquella rica voz. Y cuando pensó responder la pregunta, los árboles cayeron hacia todas direcciones provocando ruido, como si fuera un terremoto, las flores marchitaban y olían a putrefacción; paredes de ladrillos se levantaron de los caminos, y se volvieron al musgo.

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-¿Yo? Yo soy del suelo- pronunció tan valiente como tímido y orgulloso, sin sorprenderse de lo que sucedería. La luz desapareció, se apagó como apareció; la luna era una roca ni más ni menos; la sonrisa no era sonrisa era un boca de persona, era sólo una boca, y a quien más amaba, era sólo alguien ni más ni menos. Todos los colores se entremezclaron y tornaron una imagen de la cual nadie quisiera estar presente. No le quedó más que cerrar los ojos y pensar que no era feliz, que nada era verdad, y jamás lo sería, y sin duda volvería a lo demás de todos los días.

Mientras, un día, lavábase los dientes, se observó al espejo y vio sus ojos tan blancos como rojos, y sus pupilas tan negras como su soledad; y escuchó el grito de su madre mandándolo a comprar, al menos él se negó, sobre todo prefería acostarse en su cama, observar el techo y sentir cómo el tiempo pasaba hasta descubrir otro momento y lugar feliz. Ella amenazó:
-Tu padre vendrá de allá, dejará de hacer lo que está haciendo, sólo para darte
los buenos golpes que has de merecer.- pero no le importó la amenaza, y fue a
comprar, pensando que él no iba a ser el único que juraba que todo estaba bien,
y todo seguía su camino derecho.

Y viendo las calles sucias, los coches contaminando, la gente botando basura, los buses haciendo bulla y los mercaderes ambulantes gritando ofertas y suertes, vio a quién él más amaba; y las calles eran adoquinadas, los coches no habían sino bicicletas, la gente botando basura en una gran máquina limpia y cruzando el paso cebra, y los buses organizados en un sistema y los mercaderes situados en una tienda. Al menos antes de imaginar que a la gente le salían alas, con vestiduras blancas y brillantes y volaban, prefirió prometer que las casas tenían proporciones incorrectas; un gran abismo abría la calle, donde gente, ángeles y bicicletas caían, agarrados por demonios rojos y negros, tan espantosos que no desear verlos. Una ola de fuego se abría y las casas se tumbaban como si el hierro tuviera artritis, ya acababan en el suelo como naipes emanando humo negro que era demasiado. Mientras el chico seguía caminando, dábase cuenta que buses iban y venían con personas que gritaban de dolor, desesperación, lloraban de tristeza, agonía, conducidos por otro demonio; la gente se golpeaba en la calle, otros insultaban, y los niños golpeaban a sus padres, y éstos los azotaban y terminaban crucificándolos; los mercaderes obligaban al transeúnte a comprar, porque sino lo robaban, o enviaban a un sicario a matarlo, o a un hombre a violarlo. Aún el cielo iba negro por el humo de las casas se veía tronar como si fuera a haber una lluvia de tormentas sin gotas; y el sol, como su nunca fuera a aparecer. Frente a la calles, el chico se paró, y el abismo se abrió aún más alzando fuego, lava, humo, personas y demonios. Pero nada le sorprendió, todo era normal, a excepción de a quién más amaba; estaba ahí, no había cambiado nada, desde que comenzó a jurar el infierno. Seguía con todas las luces, ni una más ni una menos, como si nada más brillante existiera. El chico se quedó parado, y deseó volver a llorar, ya que recordó de dónde había venido. Ahora, al contrario, los demonios gritaban de dolor, desesperación y agonía, porque alguna personas los azotaban. En alguna esquina vio a una madre dando de fumar a su recién nacido; un padre metiendo a su hijo de diez años, borracho a un burdel. En algún poste vio a una niña no menstruada bailando con menos ropas que un pobre. Observó a un señor comiendo y cuando lo terminó no todo, le preguntó a un mendigo si quería, a lo que respondió que sí, pero el señor tiró la comida y la pisó. Juró que las mujeres discriminaban a los hombres; a los animales estudiando en las escuelas de filosofía, y a los profesores en la selva; a los políticos prometer buenas y primeras, y cumplirlas. Al menos el abismo llenaba de demonios tímidos y miedosos, que hicieron sonreír al chico, que al girar la mirada hacia a quién más amaba, no dejo de salir la luz que venía de entre el humo del cielo. Cerró los ojos y los volvió a abrir y la luz no paró. Se acercó para comprobar y le envió una mirada conjunta de sonrisa como muestra de saludo. Recibió una respuesta similar, a lo que dejó de llorar y sonrió de verdad una vez en su vida, mientras a quién más amaba se iba a dónde sabe quién. Mas mientras caminaba, la calle se volvía adoquinada, los demonios desaparecían, en la televisión todo igual: los pobres robando a los ricos, los políticos, muertos y accidentes, la niña en el poste con miedo esperando un bus, el niño entrando con su padre a la escuela, la madre dando de lactar a su recién nacido, los buses contaminando, bicicletas no había sino coches, la gente tirando basura, el humo se abría al sol, las casas se levantaban, su casa se levantó a correcta dimensión y la gente lo saludaba de hipócritas. Y sólo ahí se dio cuenta que ya conocía a quién más amaba, pero su imaginación con momentos y lugares perfectos vendaban lo que en verdad lo podía hacer «feliz». Y pudo comprobar que era del suelo.

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NaDu__Uh qeuDa

Aquí, en guayaquil roban
Roban, todo roban.


Roban al seguro
Roban el seguro
Roban a Franklin
Y a la casa blanca
Roban la cartera
La cédula y la firma.

Roban durante un tiempo
Al carro, a la vida y
Después al final también al tiempo.

Roban las llamadas y los mensajes
La camisa, el pantalón y el zapato,
La cadena, el arete, el anillo, el reloj,
El piercing, la pulsera y el cinturón,
Roban la tecnología y la chatarra.
Roban al estudiante, al universitario
Al empleado, al jefe y a la ama de casa.

Roban al que tiene más
Roban al que tiene menos.

Roban el impuesto.

Roban al carro,
Sus pies, su voz, sus oídos,
Sus flatulencias, sus cosas.
Roba el político
Los ahorros del pobre.
Roban la pared blanca,
El vidrio lleno de polvo.
Y roban el agua, la luz,
Y más que nada el teléfono,
Los pasajes y al pasajero,
La limosna y al limosnero,
Al pecador, al santo.

Aquí, en Guayaquil roban,
Roban, todo roban.

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Roban
Al beso y a los labios,
La mirada y las caricias,
La cama y su virginidad.

Roban al amor,
Las flores, el peluche,
Los chocolates y la cita.
Roban la esperanza.
Roban la confianza,
La seguridad y la humildad.
Roban la niñez y la inocencia.
Roban la venganza,
El odio y el rencor.
Roban la amistad
Con hipocresía e interés.
Roban la prudencia
Con tensión y desesperación.
Roban el amor
Con engaños y amantes.
Roban la santidad
Con mal y tentación.
Roban al social
Con soledad y marginación.

Aquí, en Guayaquil roban,
Roban, todo roban.

Roban al sujeto, al verbo,
Al epíteto, al verso,
A la prosa y al protagonista
A las páginas y al capítulo.

Roban la armonía,
Las notas, las partituras,
Al sostenido o al bemol,
Al do hasta el si,
A la llave de sol y fa,
Al piano, al violín,
A la batería y al bajo,
A la estrofa; el estribillo
Y la voz del cantante.

Roban el escenario
El efecto especial,
La imagen y al actor,
Al director y al guionista.

Roban el rojo,
El amarillo, el atardecer,
El azul, el mar, el verde,
El óleo, la acuarela
El pincel, el marco, la tempera,
La cara, la sonrisa,
El paisaje y el mensaje.

Roban a la vida
Al que no sabe qué es la luz
Al que está aprendiendo a saber
Al que intenta sobrevivir
Al que quiere una familia
Al que ya vivió
Y al que no muere.
Roban la voz
Y la expresión
Roban la diversión
De niñas y niños.

Roban el trabajo
De los más chicos,
De jóvenes algunos,
Y de jubilados muchos,
De amas de casa
De honestas profesoras,
De los albañiles
Y de las madres,
De los esclavos
De los agricultores.

Roban la niñez
Con trabajo
Con limosnas
Sin estudios
Sin diversión
Sin sanidad.

Roban a la mujer
Con fuerza
Con moretones
Con brutalidad
Con inferioridad
Sin amor.

Aquí, en Guayaquil roban
Y no sólo roban
Sino también matan.


Matan al carro (el alcohol)
Matan al cuchillo (el asesino).

Matan al inocente (la televisión)
Matan al vulgar (el hijo de puta).

Matan a la mujer (el hombre)
Matan al animal (el animal)
Matan a la virginidad (el violador, el tío)
Matan al feliz (el triste envidioso).

Matan al corazón
(la bala, el cuchillo,
la curva de la montaña,
el río, el camión,
el machete y la daga).

Matan a la verdad (la televisión)
Matan a la ley (la ley)
Matan al asesino (el vengador)
Matan al silencio (el ruido)
Matan a la madera (el hombre, el fuego)
Matan al libro (malinterpretando)
Matan al hospital (mal servicio)
Matan al camarón (la ambición)
Matan al banano (la ambición)
Matan a la vejez (las cremas)
Matan a la religión (el ateo).

Matan al cielo (el infierno)
Matan al infierno (el cielo).

Matan al vivo (lo inerte)
Matan al cuerpo (el deseo)
Matan a la mujer (la prostitución)
Matan a la música (el ruido)
Matan al lenguaje (el vulgar)
Matan al sujeto (el epíteto).

Matan a la vida (la muerte)
Matan a la muerte (la vida).

Aquí, en Guayaquil matan
Y también roban
Duro y fuerte.

Duro y fuerte

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domingo, 24 de junio de 2007

El príncipe aZul, la princesa Bella y la Bruja arrugable

La mujer más perra, digo, Bella sobre la Tierra, vivía en una era donde todos creían que Dios era el centro de todo, y donde los muros de castillos se levantaban en lo alto para evitar escapes de mujeres como ella. Aquella dama, si es que así se le puede decir, era hija de la Reina Turbea, que pasaba todo el día cantando “Las flores se las lleva el río” sin preocuparse de su hija, puesto que había también (típico) una bruja, que era fea y cuando se dice fea, es porque era fea. Y la palabra fea le quedaba corta, demasiado corta. Utilizaba un rasgado vestido negro de siglos antes a esos, y uñas negras de la suciedad, enferma siempre por las ratas, con una voz que espantaba a cualquier animal sordo. Por odio, y quién sabe más, raptó a la hija de la Reina Turbea, que tenía por nombre Pierina. Dicen que cuando pensaron poner el nombre, el cielo se abrió y gritó Pierina. A la simpática y elegante princesa, la escondió en un castillo, diseñado especial y únicamente para ella, llena de cuartos y pasillos, como si fuera un vivo laberinto, con criaturas escondidas dispuestas a matar a cualquier príncipe idiota que quiera salvarla de la soledad y hacerle compañía por el resto de la eternidad.

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Y un día cuando llovía con trueno, granizo y agua, apareció (típico) un príncipe, con un traje azul y su piel blanco, poco más y transparente, cabello sol que brilla como oro y ojos sacados del mar, cabalgando como danzando sobre un, más hermoso aún, caballo blanco y pelaje abultado. Bajó frente a la gran puerta maldita del castillo en Milano, donde yacía la princesa Pierina. Alzó el pie y resbaló, cayendo sobre el excremento del caballo, mezclado con tierra y agua, manchando su envidiable traje verde, que combinaba con sus ojos. “¡Mi presentación! Uy no.” exclamó intentando limpiarse. Abrió la puerta y al dar un paso, la puerta se cerró, partiéndole la nariz. “La princesa ya no me querrá y mi mamá me matará.” Y sangraba como cascada. Al tener miedo, prefirió romper la ventana y entra donde vio un amplio, oscuro y hermoso salón, que en algún momento debió ser el cielo, pero ahora estaba lleno de telarañas, muebles rotos y lámparas caídas. Caminó hacia el centro y la araña del techo le cayó encima y el suelo se rompió haciéndolo caer en un infinito hoyo. Gritó como voz tenor de un teatro de ópera, exclamando los errores del pasado, que era mentira lo del príncipe de Génova. Al llegar al suelo, se espantó al ver esqueletos y cadáveres de humanos, animales y apestaba como barrio pobre. De pronto sus orejas se excitaron al escuchar los gritos desesperados de la bella dama (si es que así se le podía decir) Pierina. Salió de ahí, subiendo por unas escaleras laterales y comenzó a buscarla por cada cuarto en cada pasillo. La última habitación tenía número mil, y la princesa se escondía, casualmente y quizás irónicamente en el número del diablo, para que fuera imposible salvarla. Después de haber peleado, o mejor dicho huido de tantas bestias y animales desconocidos, el príncipe azul, o mejor dicho negro, porque estaba sucio y apestoso, encontró el pasillo donde escondían a la mujer más perra, digo, Bella sobre la Tierra. La puerta era un demonio vivo, movió la manija y encontró un cuarto reluciente, lleno de lámparas, ropas de seda, lino y algodón; y al fondo una cama, donde no había nadie, y se suponía que estaba la princesa. Ella estaba en el tocador, frente al espejo, bañándose en polvos mágicos para verse más bella y le dijo: “O, bella dama, princesa de la Tierra, ¿desearías ser mi Reina y gobernar el universo por el resto de la eternidad?” y la princesa volteó, lo miró de pies a cabeza, y cuando digo pies, me refiero a los pies, porque sus zapatos ya estaban desgastados y rotos de tanta escapadera. “O, príncipe, tengo un espejo, ¿quieres verlo? Para que te veas y sepas con quién hablas. Nadie ha llegado aquí, y tampoco voy a dejar llevarme por cualquier insecto sucio. Puedo esperar tres siglos más; igual no voy a dejar de ser bella.” Quedó con los ojos abiertos, se retiró cayéndose hacia atrás, puesto que se había tropezado, y la princesa se reía. “Nadie me había divertido tanto, o mejor, nunca me había reído tanto de alguien.” Y siguió riéndose. El príncipe cerró la puerta y trajo muebles de los otros cuartos y lo cerró, puso todos los objetos que pudo traer en la puerta del diablo, cerrando de tal manera el pasillo para que ni si quiera él pueda salir. Siguió caminando mientras susurraba: “Pero vas a ser vieja y arrugosa.” Tenía la esperanza de que en el último cuarto en la última torre, estuviera otra fermosa princesa que fuera menos arrogante. A medida que avanzaba, los pasillos se volvían más oscuros y sucios, con retratos de personas, cuya apariencia daba mucho que decir, y no precisamente cosas buenas. Llegó al pasillo sin continuación y vio la puerta con los cuatro números finales, cuya puerta poesía adornos de flores y rosas. Entró y vio el lugar más oscuro que podía haber, lleno de repisas con frascos que contenían líquidos de todos los colores y espesores. Y al fondo, vio una gran olla negra, encima de una fogón manipulado por un gran palo de madera en la mano de una mujer, si es que era mujer y si es que era humana, porque su apariencia decía muchas cosas contrarias. Ella daba y emanaba miedo, porque su “look” lo decía todo y hasta de más. “¿Qué haces tú aquí?¿Cómo llegaste?¿Acaso el león bestia no te comió?” Con la mirada indecisa del príncipe comentó para sí mismo: “Mejor que enfrentarlo, huirlo” y la Bruja lanzó un frasco en la olla negra, y de pronto el cuarto comenzó a apestar, no supo, a basura quemada o aún peor, sin poder describirlo. “¿Qué le hiciste a Pierina?” La bruja río: “¿A Perrina? Yo, nada, ella es así; sólo la rapté, porque odiaba a su madre. Se dejó violar por el hombre al cual yo amaba, y él se fue con ella-. Para hacerla sufrir le quité lo que ella más amaba.” Al ver tanta confusión, preguntó el príncipe:”¿Porqué Pierina tiene que casarse con un príncipe?” La Bruja comprendió lo que quiso decir y lo reprochó y prosiguió: “Puedes hacer lo que quieras y por nada del mundo obedezcas a tu madre. De por gusto vivniste” El príncipe azul, ya no negro, decidió dejar a la mujer más perra, digo, Bella sobre la Tierra, después de haber conversado con la mujer más afable, digo, Arrugable sobre la Tierra, que vivía en una era donde los hombres vestidos de mujer perseguían a los magos y hechiceras que hacían el mundo menos real. Aquella Bruja, si es que así se le debe decir, se quitó el denigrante vestido, quedando como Eva, sólo que de alguna manera como pasa, vela derretida, indicando cada arruga un año, ha vivido mucho tiempo y mucho. Entró a la olla negra, caminando hacia el décimo círculo, mientras el príncipe morado del asco y del susto se acercó para ver y oyó:"Aquí se está feliz. Aquí es donde van los feos y los negros y los prejuiciados.” Y el príncipe blanco tiró la gran olla negra y no se derramó nada, puesto que el fuego líquido había desaparecido. Decidió, entonces, irse del cuarto y regresar por el laberinto de cuartos y pasillos, de criaturas y personas, pero su memoria respectiva de príncipe engreído lo hizo olvidarse del camino por donde vino. Estuvo perdido durante dos días, y se hizo amigo de la Reina de Ajedrez, lanza-burbuja. Le dio pena, en ese momento irse, pero debía cumplir lo que debía cumplir. Lo ayudaron a encontrar el pasillo cerrado y vieron a la princesa ahora vestida de blanco y él pensó: “Ahí se está feliz. Ahí es donde van los bellos y los blancos y los perfectos. Ahí se está de hipócrita.” El príncipe le sonrió y ella, como toda una respetada dama, le respondió con el dedo. Se fue por la ventana ya rota, clavándose algunos vidrios rotos en sus pies. ¡Pobre! Y montó sobre el caballo y le dijo: “Arre”, pero no se movió. Se había muerto ahí parado esperando al jinete; sin agua ni comida, sólo tierra, pero no sobrevivió el pobre. ¡Pobre! Entonces no le quedó que regresar a pata, y cuando digo a pata, es a pata, porque no tenía zapatos, con la ropa rasgada y sucia, atravesando el oscuro bosque con ortigas como césped; con lobos como inofensivos animales y con búhos como lámparas. ¡Pobre! Cuando lo atravesó enteramente, llegó con los ojos rojos, pero de tanto llorar. El príncipe blanco, pero blanco del miedo, tocó la puerta de la primera casa de madera donde lo atendieron como a un príncipe, puesto que le dieron comida gratis y ropas elegantes. Y nunca supieron que era príncipe. Se fue directo, cruzando las montañas, a la tierra de Colón, donde lo recibieron como tal, como príncipe, disfrazado de mendigo, puesto que los ladrones de caminos lo buscaban para matarlo (eran sicarios medievales). Caminó hasta el décimo color del arco iris, donde fue feliz, no se sabe si para siempre, pero se lo deseaban todos los días. Él se olvidó de su mamá, pero su mamá no, porque los ladrones de caminos seguían preguntando por el príncipe azul, que ahora era rojo de amor.

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Sacrificio

Saltaban y saltaban como ranas en charco. Volaban y volaban como aves sobre el mar. Vivían y vivían como quien bajo el sol. Ahora van ahí juntos, viendo y sintiendo el teimpo pasar; esperando el final. Sonreían con algún chiste, mostrando lengua y dientes. Jugaban a lo que nadie inventó, diviertiéndose bajo su propia alegría. Invitaron a más, quienes no tenía con quién, y siguieron cantando con las voces que salían de sus corazones y no de sus bocas.

Continuearon bailando, sacudiendo el polvo de la piel y viendo el mundo moverse de arriba a abajo, derecha a izquierda. Y no estudiaron, porque ya sabían lo suficiente para decir qué hacer; cogieron libros e hicieron una fogata. Caminaron alrededor, conversando, comentando, y al final un hutu alzó la voz y reclamó una vida para darlo a la alegría. Agarraron a una tutsi y sonriendo como nadie jamás, juró no volver a ser tutsi; y con los brazos abiertos y desnuda, la lanzaron a la llamarada. Siguió la fiesta entre risas, cantos y bailes, acompañados del son de los tambores. Única fecha en todo el año solar.




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